TIEMPOS VIEJOS

Hay una mirada que con el tiempo me gustaría rescatar sobre Ocoa. Una mirada quizás demasiado teñida de cierta nostalgia que puede malinterpretarse y que no es idealización del pasado (pues no creo ingenuamente que antes se vivía necesariamente mejor que ahora, ni mucho menos), sino nostalgia de una manera de vivir el día a día que ya no es completamente la nuestra. Ni mejor ni peor, pero una manera que forjó la personalidad de nuestros abuelos y de nuestros padres, de nuestras familias, de sus sufrimientos, carencias y bondades. Un tiempo en el que el día a día era sacrificio, trabajo patronal y calles de tierra; días lentos y noches oscuras. Vida en familia (¡y grandes familias!) y de inquilinaje.

Me gustaría que esa memoria no se perdiera, porque en esos dolores, tristezas, simplezas y bondades está moldeada nuestra actual vida. Porque hay experiencias que deberíamos tener presentes, porque la historia siempre nos está hablando y enseñando. ¿Cómo fue la reforma agraria en nuestras tierras? ¿Cómo se vivía un terremoto? ¿Cómo era vivir sin luz ni agua potable? ¿Cómo era vivir en casa con ocho, nueve, diez hermanos?

Hay todo un mundo que trabajar en historias y memorias orales. Hay todo otro mundo que rescatar del patrimonio que va quedando, de las construcciones de entonces, de cómo se organizaba la vida en ellas. No hablo de las casas patronales: hablo de las casas donde vivieron nuestros abuelos, de los lugares donde trabajaron, de los espacios de vida social que tuvieron.

El Teatro de Los Maitenes de Ocoa, cuyo nombre oficial es "Hogar social Dolores Echeverría". ¡Cuántos bailes! ¡Cuántas veladas! A la izquierda se encontraba la sede del Club Deportivo Estrella de Ocoa; a la derecha, aún funciona el Centro de Madres "El Porvenir"

Patio Interior de la vieja escuela del Fundo Los Maitenes, desde los años 70 casa de mi abuela. Acá se prepararon las mejores humitas cocidas en fondo que jamás volveré a comer. Y es el rincón de las fiestas familiares, de los abrazos de año nuevo, de los almuerzos de verano.

Hermosa y clásica casa/restaurant de dos pisos en Villa Prat ("La Champa"). Nunca conocí el viejo restaurant "Villa Prat" por dentro, pero desde fuera se advertía un mueble imponente y precioso donde estaban las bebidas, los vinos y las cervezas. ¡Yo la declararía monumento del valle de Ocoa!

Vieja casa de inquilinos del ex fundo Rabuco, en el actual "Barrio Alto", con su altísimo techo característico, a más de tres metro de altura. ¿Cómo calentarían esas casas en invierno? Por algo eran familias numerosas, no?

Bodega de adobe, en el pasaje "El Molino", en Rabuco. ¿O fue también una casa de inquilinos? Nuevamente, el techo tocando las nubes.

Corrales hechos a pura piedra, quizás cuándo. Al menos hace 100 años. De seguro que hace más. Piedra sobre piedra, en sorprendente arquitectura adaptada al espacio físico.

Camino al Parque Nacional La Campana, en plenas Palmas de Ocoa, vieja casa de adobe en medio de la nada. Se observa la típica cocina independiente de la casa. La vida familiar ocurría de día en ese cuarto pequeño y ahumado.

Las abandonadas chancherías de Vista Hermosa Casa, en los alrededores de la Medialuna. Ahí se trabajaba duro, desde temprano en la mañana. Había mucho más producción de carne y leche en el antiguo Ocoa. Ahora casi nada de eso sobrevive.

Un tesoro arquitectónico y patrimonial de El Badén: un antiquísimo horno para preparar el tabaco y el cáñamo. ¡Sí, el cáñamo! Sin dudas, desde el siglo XIX, para estar, cuál Macchu Picchu ocoíno, ahora silencioso entre la vegetación.

Hermosas casas de inquilinos en Vista Hermosa, camino a La Febre. De manera particular, estas fueron construidas en madera y no en adobe. Mantienen eso sí la separación del cuarto de cocina.

Casa de inquilinos del ex Fundo Los Maitenes, de adobe, con amplios cuartos y cocina independiente. Quedan pocas de estas casas en pie, pero las hay aún, con vida familiar, recuerdos y fotos en blanco y negro. El espíritu de los abuelos deambula por los jardines.

REQUIEM

La distancia del espacio y del tiempo marcan estas palabras de despedida. Estoy lejos del Valle de Ocoa, escucho música triste y pienso en los amigos y conocidos que están allá lejos. En un velorio.

La infinita calma del atardecer de noviembre debe de haber embalsamado en algo el momento aciago del encuentro entre la vida y la muerte, entre el ayer y el ahora. Yo, a lo lejos, ya en la calma de la noche nostálgica, pienso en mi infancia. En nuestra infancia. En la Escuela de Ocoa en la que compartimos tantas tardes de noviembre como esta, con la cándida alegría de los juegos y las risas. Éramos un grupo de amigo: el Angelo Gamboa, Jaime Fierro, junto al Palomera, al Ale, a los hermanos Bugüeño, al Manuel Michea.  El Angelo se fue hace poco. El Nene ha partido hoy. Dos de ese grupo de amigos y compañeros en aquellas salas inmensas de los primeros años de colegio.

¿Habrán vuelto a mirar con curioso terror si la Llorona de verdad merodeaba el sauce del fondo del patio? ¿Habrán vuelto a saltar con tanta chispeante energía el canal gigante, frente a nuestros ojos, en el que nos divertíamos cuando niño?

Yo me quedo con los recuerdos de niño. Quizás después en la vida hablamos poco y otros ahora, con mucho más derecho, sin dudas, lloran con más presente la partida de estos ocoínos. Mis nostalgias son de escuela, de recreos, de caminos de piedra y tierra, de leche en jarro y galletón. Mis nostalgias son de fiesta de cumpleaños (¿de seis años? ¿de siete? ¿quizás de ocho?) en el patio de su casa, en la humildad sincera del Maitenes de entonces. Uno de ellos era serio; el otro era todo risas. Nuestra niñez aflora de nuevo en los laberínticos pensamientos que me invaden esta noche.

Éramos niños. El grupo de juego era grande y por eso siempre quedó el saludo, el darse la mano, el cruzar un par de palabras, la sonrisa sincera al toparnos en la calle o en algún baile. Ellos ya han partido, en un solo mes han partido, a planear travesuras en el sauce escondido de quizás dónde. Con esa certeza me quedo. No es la misma de los otros que los lloran en este adiós. Pero es mi certeza, es mi recuerdo y es mi homenaje a estos dos compañeros de juego y a la infancia que compartimos a través de la amistad.

PROMESA DE VERANO

Hoy fue el día más corto del año. Hoy fue el solsticio de invierno y nuestro hemisferio se ubicó en su punto más alejado del sol de todo el ciclo. Ha llegado el invierno, ¡¡al fin la lluvia!! y los fríos, las heladas, las tardes cortas y las escarchas. Todo se trata de una promesa infinitamente reiterada e infinitamente cumplida, de un devenir circular, de un dormir para después despertar.

El verano ahora parece tan lejano y muchos son los que lo anhelan, aunque olviden sus calores endemoniados y su sol quemante. Recuerdan, más bien, sus frutas carnosas y jugosas, sus brisas de seis de la tarde, sus noches estrelladas y plácidas, sus atardeceres a las 9, sus tardes en el estero, sus duraznos, sus sandías y sus melones, sus tomates de potrero y los fondos llenos de humitas. La abundancia, la fiesta de los colores y olores frutales, el frescor de la anochecida. Tan lejano parece todo aquello, y sin embargo tan cercano que está. En la tierra húmeda por la lluvia, en el barro de los nuevos sembrados, bajo la escarcha y la helada del cielo estrellado, se incuba la semilla del verano, de las brisas de atardecer, de los porotos graneados y de las sandías a media tarde.

Imágenes de la verdulería Adán (Rabuco)

En Ocoa, hoy es invierno para que mañana sea verano.

 

LLUEVE EN OCOA

Al fin lluvia sobre el valle de Ocoa.  Al fin el valle comienza a decirle adiós a la larga y triste sequía. Al fin el verde volverá a los cerros, el agua a los canales y pozos, los colores a los jardines, la tranquilidad a la mente del campesino.

las nubadas cayeron gustosas todo el día de ayer y por momentos de hoy. el olor a tierra húmeda lo llenó todo. el color de los infinitos verdes abrumaban la vista

y al final del día, siempre un arco iris que nos hace recordar el ancestral pacto de que el sol y la lluvia, juntos, son la fuerza de la tierra

PANAMERICANA EN OCOA (02)

Ingreso al túnel La Calavera desde Las Vegas. Al otro lado, después de la oscuridad, OCOA EXISTE.

 

Entrada a Ocoa desde el este

La entrada a Ocoa desde el este, desde Las vegas y Llay Llay, es contundente y hermosa. Impactante a la vista. La carretera Panamericana ha venido encajonándose entre el cerro arisco y el serpentiante río Aconcagua. Unas palmas y unos versos de Gabriela Mistral anuncian la inminente llegada a nuestro lugar en el mundo y ante el choque inevitable con La Calavera, loma hecha de roca pura, la carretera ingresa en el antiguo túnel La Calavera, breve, húmedo y oscuro, pues no tiene luz artificial en su interior. La oscuridad, entonces, da paso a la luz. El valle se abre nuevamente y la estrechez de solo 200 metros antes no existe. Ocoa aparece en todo su esplendor, verde, vasto, bello.

Homenaje a la Palma Chilena hecho por Autopista del Aconcagua

Túnel La Calavera desde oeste a este

Vista del valle de Ocoa desde el Túnel La Calavera, Panamericana Norte

Vista de la Panamerica Ruta 5 Norte cruzando el valle de Ocoa

La vieja y gloriosa línea férrea cruza la Panamericana por un paso bajo nivel a la altura de La Calavera

PANAMERICANA EN OCOA (01)

Panamericana por Ocoa en invierno con Apu Aconcagua de fondo


Son un poco más de cinco kilómetros de este a oeste. O de oeste a este. Del Aconcagua al Calavera. Del Calavera al Aconcagua. Cruza a Ocoa por su rincón norte, desde donde se mira al gran Apu Aconcagua, al Caqui, al Reloj, al Roble y al Campana. Antes, no hace mucho, era solo una línea recta, estrecha y oscura que se iniciaba con la salida del antiguo túnel y que concluía en el viejo puente. Muchos de los álamos a su costado han perdurado, pero ya se ha perdido la hilera de pinos que engalanaban la entrada en Vista Hermosa Estación, con muros de cemento en sus esquinas; la entrada en curva cerrada a Los Maitenes de Ocoa, con camino de tierra cercado por las grandes moras, y el parada “en las barreras” en plena curva al norte, con estrecha berma y rumor de vertiente y de vega. Nada de eso queda. La moderna autopista de doble pista la transformado completamente. Las micros ahora transitan por la caletera y las antiguas entradas se volvieron modernos accesos y pasos sobre nivel.

Es nuestra panamericana. Es nuestro kilómetro 100 camino al norte. Quellón, Ancud, Temuco, Rancagua, Santiago, Las Chilcas… Nogales, Coquimbo, Iquique, Arica… Nuestros cinco kilómetros de Ruta 5 nos unen en línea ininterrumpida y mágica con las cuestas y las mineras del norte, con el límite con el gran Perú, con Lima y Chiclayo… y más allá, con Cuenca, Riobamba y Quito; con Medellín y Bogotá; con el Canal de Panamá y Managua; con el DF, Oregón y Alberta… 5 kilómetros que nos unen con América entera. De los 25.800 kilómetros construidos que hoy tiene aproximadamente la Panamericana, cinco cruzan el valle del Aconcagua y miran a Ocoa en todo su esplendor y belleza.

Los grandes Apus

El Roble, El Campana, El Reloj, El Caqui y el Gran Apu Aconcagua se observan a simple vista cuando uno recorre la Ruta 5 por el sector de Ocoa.

Gran Apu Aconcagua desde Panamericana Norte

Apu El Caqui desde la Panamericana en Ocoa

El Roble Y La Campana desde el punte Aconcagua al atardecer

Apu El Roble y Apu La Campana desde el puente Aconcagua de la Panamericana