Hoy fue el día más corto del año. Hoy fue el solsticio de invierno y nuestro hemisferio se ubicó en su punto más alejado del sol de todo el ciclo. Ha llegado el invierno, ¡¡al fin la lluvia!! y los fríos, las heladas, las tardes cortas y las escarchas. Todo se trata de una promesa infinitamente reiterada e infinitamente cumplida, de un devenir circular, de un dormir para después despertar.
El verano ahora parece tan lejano y muchos son los que lo anhelan, aunque olviden sus calores endemoniados y su sol quemante. Recuerdan, más bien, sus frutas carnosas y jugosas, sus brisas de seis de la tarde, sus noches estrelladas y plácidas, sus atardeceres a las 9, sus tardes en el estero, sus duraznos, sus sandías y sus melones, sus tomates de potrero y los fondos llenos de humitas. La abundancia, la fiesta de los colores y olores frutales, el frescor de la anochecida. Tan lejano parece todo aquello, y sin embargo tan cercano que está. En la tierra húmeda por la lluvia, en el barro de los nuevos sembrados, bajo la escarcha y la helada del cielo estrellado, se incuba la semilla del verano, de las brisas de atardecer, de los porotos graneados y de las sandías a media tarde.
En Ocoa, hoy es invierno para que mañana sea verano.












