REQUIEM
La distancia del espacio y del tiempo marcan estas palabras de despedida. Estoy lejos del Valle de Ocoa, escucho música triste y pienso en los amigos y conocidos que están allá lejos. En un velorio.
La infinita calma del atardecer de noviembre debe de haber embalsamado en algo el momento aciago del encuentro entre la vida y la muerte, entre el ayer y el ahora. Yo, a lo lejos, ya en la calma de la noche nostálgica, pienso en mi infancia. En nuestra infancia. En la Escuela de Ocoa en la que compartimos tantas tardes de noviembre como esta, con la cándida alegría de los juegos y las risas. Éramos un grupo de amigo: el Angelo Gamboa, Jaime Fierro, junto al Palomera, al Ale, a los hermanos Bugüeño, al Manuel Michea. El Angelo se fue hace poco. El Nene ha partido hoy. Dos de ese grupo de amigos y compañeros en aquellas salas inmensas de los primeros años de colegio.
¿Habrán vuelto a mirar con curioso terror si la Llorona de verdad merodeaba el sauce del fondo del patio? ¿Habrán vuelto a saltar con tanta chispeante energía el canal gigante, frente a nuestros ojos, en el que nos divertíamos cuando niño?
Yo me quedo con los recuerdos de niño. Quizás después en la vida hablamos poco y otros ahora, con mucho más derecho, sin dudas, lloran con más presente la partida de estos ocoínos. Mis nostalgias son de escuela, de recreos, de caminos de piedra y tierra, de leche en jarro y galletón. Mis nostalgias son de fiesta de cumpleaños (¿de seis años? ¿de siete? ¿quizás de ocho?) en el patio de su casa, en la humildad sincera del Maitenes de entonces. Uno de ellos era serio; el otro era todo risas. Nuestra niñez aflora de nuevo en los laberínticos pensamientos que me invaden esta noche.
Éramos niños. El grupo de juego era grande y por eso siempre quedó el saludo, el darse la mano, el cruzar un par de palabras, la sonrisa sincera al toparnos en la calle o en algún baile. Ellos ya han partido, en un solo mes han partido, a planear travesuras en el sauce escondido de quizás dónde. Con esa certeza me quedo. No es la misma de los otros que los lloran en este adiós. Pero es mi certeza, es mi recuerdo y es mi homenaje a estos dos compañeros de juego y a la infancia que compartimos a través de la amistad.

HABLAN OCO OCO