Es domingo… ¡todos a la cancha! La modorra de la semana se rompe de manera radical. Los domingos son de fiesta popular en los distintos caseríos de Ocoa. En Los Maitenes, domingo tras domingo La Estrella de Ocoa sale a la cancha. Tal como hace ciento tres años, cada fin de semana, casi sin interrupción.
De más está decirlo, es la alegría del pueblo. Es, también, su válvula de escape a los dolores de la vida, socialmente permitida e institucionalizada. Ahí todo se grita, todo se suda, todo se exterioriza. La adrenalina gobierna al que está dentro de la cancha y al que está bajo la ramada o sentado en el bufé alentando al equipo. Más que una mera distracción, los domingos en la cancha son la terapia de salud mental que la maitenina y el maitenino han encontrado en la vida.
Así ha sido domingo tras domingo por más de cien años. ¿Cuándo se ha detenido el juego? Quizás un primero de enero, quizás en medio de los temporales de invierno o después de algún terremoto siniestro. Por supuesto, también cuando el duelo invade al caserío y el domingo se convierte en un largo minuto de silencio. Recuerdo con especial fuerza un domingo antiguo, con el fútbol ya terminado y el día oscurecido, cuando un caballo llegó galopando eufórico desde la Villa Prat, señal inequívoca y terrible de que algo había pasado. Un asesinato ni más ni menos. La cumbia de los parlantes del bufé se silenció rápidamente, las luces se apagaron y todos volvieron raudos a sus casas, a cerrar las puertas por dentro, a cubrirse en los cuartos de adobe y de ollín.
Pero esos domingos han sido los menos en una historia de más de cinco mil trescientos domingos. Toda una historia. Las alegrías de los goles, los orgullos de los campeonatos, la convivencia ciudadana de la conversa después del partido, la solidaridad de los platos únicos, el controlado desenfreno de los bailes de dieciocho y de año nuevo… todo lo que ha ido ocurriendo en torno al club deportivo ha moldeado la personalidad del maitenino, se ha pegado en su piel cual tatuaje imperecedero. Mirando el fútbol se arman las amistades… y también se pelean. Mirando el fútbol se definen las identidades sociales… y se descrimina finalmente al que no lo ve. Mirando el fútbol circula el conocimiento sobre el precio de la cebolla, el agua para el riego, las ofertas para comprar derechos de cerro. Cinco mil domingos para armar y rearmar, con todas sus virtudes y vicios, la sociedad maitenina. Ahí nos miramos a los ojos o nos corremos la mirada.
El partido ya comenzó. La barra grita y apoya a los once jugadores que visten la camiseta roja o blanca o azul, según corresponda. De pronto, una hermosa jugada y un grito de gol resuena a coro desde el sector norte de la cancha y resuena por todo el valle. ¿Habrá sido el gol de un clásico ante Independiente de Rabuco, de una definición en el campeonato Aconcagua o el tanto que aseguraba alguna copa? Es el eco sonoro que se ha repetido por más de cien años, cinco mil trescientos domingos, y que seguirá escuchándose, clarito y fuerte, mientras Los Maitenes de Ocoa exista.
















