TOMATES DE POTRERO

Una mera hilera de tomates de potrero es una pequeña selva que se levanta desde el suelo ocoíno, sufrido por la actual sequía que intenta ahogarlo todo. Pero la mata de tomate, las matas, tantas como sus ramas difurcadas lo permiten, lo ponen todo en verde. En verde y en rojo, salvaje y vivo.

Uno camina por al lado de la hilera y el olor lo inunda todo. Un aroma suave pero penetrante, fresco y constante, ligero como la brisa de media tarde, sabroso como el cauceo de las once. En el verde general de la mirada es difícil saber de dónde proviene ese genial olor. La mata es sabia… siempre esconde entre sus ramas-entrañas el fruto de su vida plena de sol, de viento aconcagüino, de tierra maitenina, de agua de río y canal.

Pero ahí están, redondos, rojos, excitantes y sensuales, frutos perfectos y jugosos. La mano debe penetrar  la selva verde que los resguarda, solo el tacto disfruta la suavidad de su cuerpo blando. ¡¡Cómo es posible que los generen inertes en los laboratorios de los invernaderos!!

Saco uno. Uno solo. No puedo evitar que sean dos.  Permiso, tío Andrés. Permiso, tía Edith. En la casa, una cebolla impaciente espera el momento de la orgía final de trozos y de aceite, de pan untado enrojecido por el jugo intenso del cauceo. El sabor es único, el aroma es permanente.  ¡El tomate de invernadero no existe, tortura de la comida en serie! ¡Larga vida al tomate de potrero!


ESQUINA NOCTURNA

Los Maitenes de Ocoa. Calle principal esquina calle del Fundo Los Maitenes. La famosa y eterna Puerta ‘e reja. Diez de la noche, de una noche de verano. Por supuesto, día de semana, porque si fuera noche de domingo la esquina estaría aún más silenciosa y tranquila.

Todos en sus casas, viendo la televisión. La teleserie nocturna, supongo. El día fue caluroso también en el valle de Ocoa, el sol pegó fuerte y las cabezas solo quieren refrescarse con las almohadas frescas de las camas. Afuera, todo en silencio.

¡Ay pero si fuera sábado! Los cabros estarían deambulando por las oscuras calles del pueblo, preparando el resto de la noche. En la garita retumbaría el rumor de una conversa. Luces extrañas romperían la monocorde oscuridad nocturna. Luces de cigarros o de otras hierbas. Así, piolas, son las noches ocoínas.

La vieja calle del Fundo ahora está iluminada. Excesivamente iluminada, diría yo. Una gran cosa para quienes viven en calle Las Rosas, aunque ya no haya un rincón oscuro para ver las estrellas, llevar el auto una madrugada, encontrar un lugar para escabullirse de la fuerza policial y tomar, tranquilos, una cerveza con los amigos.

Las sombras de la noche no dejan ver los fantasmas en Los Maitenes de Ocoa. Pero ahí están. El tuetué se pasea canoro por el canal de al frente.

103 AÑOS DE LA ESTRELLA DE OCOA


Es domingo… ¡todos a la cancha! La modorra de la semana se rompe de manera radical. Los domingos son de fiesta popular en los distintos caseríos de Ocoa. En Los Maitenes, domingo tras domingo La Estrella de Ocoa sale a la cancha. Tal como hace ciento tres años, cada fin de semana, casi sin interrupción.

De más está decirlo, es la alegría del pueblo. Es, también, su válvula de escape a los dolores de la vida, socialmente permitida e institucionalizada. Ahí todo se grita, todo se suda, todo se exterioriza. La adrenalina gobierna al que está dentro de la cancha y al que está bajo la ramada o sentado en el bufé alentando al equipo. Más que una mera distracción, los domingos en la cancha son la terapia de salud mental que la maitenina y el maitenino han encontrado en la vida.

Así ha sido domingo tras domingo por más de cien años. ¿Cuándo se ha detenido el juego? Quizás un primero de enero, quizás en medio de los temporales de invierno o después de algún terremoto siniestro. Por supuesto, también cuando el duelo invade al caserío y el domingo se convierte en un largo minuto de silencio. Recuerdo con especial fuerza un domingo antiguo, con el fútbol ya terminado y el día oscurecido, cuando un caballo llegó galopando eufórico desde la Villa Prat, señal inequívoca y terrible de que algo había pasado. Un asesinato ni más ni menos. La cumbia de los parlantes del bufé se silenció rápidamente, las luces se apagaron y todos volvieron raudos a sus casas, a cerrar las puertas por dentro, a cubrirse en los cuartos de adobe y de ollín.

Pero esos domingos han sido los menos en una historia de más de cinco mil trescientos domingos. Toda una historia. Las alegrías de los goles, los orgullos de los campeonatos, la convivencia ciudadana de la conversa después del partido, la solidaridad de los platos únicos, el controlado desenfreno de los bailes de dieciocho y de año nuevo… todo lo que ha ido ocurriendo en torno al club deportivo ha moldeado la personalidad del maitenino, se ha pegado en su piel cual tatuaje imperecedero. Mirando el fútbol se arman las amistades… y también se pelean. Mirando el fútbol se definen las identidades sociales… y se descrimina finalmente al que no lo ve. Mirando el fútbol circula el conocimiento sobre el precio de la cebolla, el agua para el riego, las ofertas para comprar derechos de cerro. Cinco mil domingos para armar y rearmar, con todas sus virtudes y vicios, la sociedad maitenina. Ahí nos miramos a los ojos o nos corremos la mirada.

El partido ya comenzó. La barra grita y apoya a los once jugadores que visten la camiseta roja o blanca o azul, según corresponda. De pronto, una hermosa jugada y un grito de gol resuena a coro desde el sector norte de la cancha y resuena por todo el valle. ¿Habrá sido el gol de un clásico ante Independiente de Rabuco, de una definición en el campeonato Aconcagua o el tanto que aseguraba alguna copa? Es el eco sonoro que se ha repetido por más de cien años, cinco mil trescientos domingos, y que seguirá escuchándose, clarito y fuerte, mientras Los Maitenes de Ocoa exista.

NAVIDAD

bien dice la canción, parafraseada, que la felicidad del ocoíno se parece a la gran ilusión de la navidad. la gente trabaja un año entero por un momento de sueño, de ver en los niños rostros llenos de ilusión y alegría cuando corren detrás del viejo pascuero… y todo se ha acabado en un momento

una rifa al mes, las cuotas al día, este sábado un plato único, esta semana cooperación… este lunes sacamos cuentas, este martes todo en orden, el miércoles nos vamos a santiago a comprar los juguetes al barrio meiggs, el jueves ordenamos los paquetes, este viernes armamos las bolsitas de dulces y caramelos… se acrecenta la magia hecha a mano entre vecinos y familiares

navidad en los maitenes de ocoa, con los colores del verano, con los juegos de una tarde fresca, con el verde de la cancha y el arcoiris de los globos. con un vasito de vino con frutilla, con el reconocimiento a la vecina, al vecino, porque todos fueron vecinos durante el año y ahora es un buen momento para reir juntos y darse un abrazo. así es la felicidad, el esfuerzo de todo un año para alimentar el alma con la ilusión fraterna que dura un momento, pero que se atesora para siempre en un día que en el calendario se llama navidad

DOS POSTALES DE HACE MÁS DE UN SIGLO

El 14 de septiembre de 1863, hace 147 años, el primer tren de la historia cruzó el Valle de Ocoa desde Valparaíso hacia Llay Llay. Debe de haber sido pasado las 11 y media de la mañana, pues las crónicas de la historia indican que a las 12 y media se “encontró” con otro tren que venía desde Santiago en la ciudad de los vientos, donde un gran banquete dio por inaugurada la gran vía férrea que unía la capital con la ciudad puerto. Era la segunda línea férrea inaugurada en el país.

La construcción global había resultado ser un proyecto gigante y costoso para el Estado chileno y los empresarios extranjeros, como Enrique Meiggs, que participaron con inversión e ingeniería. El valle de Ocoa, sin embargo, les debe haber significado un deleite en medio de tanto sacrificio: los esperaba una explanada amable en torno al río, con lo que los rieles se extienden casi en línea recta ¡y con una espectacular vista del Apu Aconcagua como broche de oro!

Guillermo Burgos organiza y publica, el 2007, una serie de fotografías sobre el antiguo ferrocarril entre Valparaíso y Santiago. El texto se llama Ferrocarril de Valparaíso a Santiago y Ramal a Los Andes. Lamentablemente, no se entrega, quizás no se tenga la información exacta de cuándo son esas imágenes, pero datan de algún momento precioso entre ese año clave para el desarrollo del Chile Central, 1863, y 1920, año en que se electrifica las operaciones del ferrocarril, asunto que al momento de obtener estas fotografías evidentemente aún no ocurre (lo que se observa un costado de la línea es el cableado de telegrafía de la época).

Ahí vienen dos imágenes impactantes tomadas en el Valle de Ocoa. La principal: la Estación del valle (de ahí el nombre genérico de Estación de Ocoa), en Vista Hermosa. La otra, una panorámica del puente sobre el Estero Rabuco, obra ingenieril del trayecto.

La imagen de la gloriosa estación es impactante. El adobe y el ladrillo conformaban el límite oriente de la estación, que aún no se extendía todo lo que con el tiempo llegó a extenderse hacia el poniente ni aún contaba con el edificio portentoso con el que llegó a contar. Una reja de palos indicaba el ingreso al Fundo Vista Hermosa. Al menos cinco viejos ocoínos aparecen inmortalizados anónimamente en la fotografía. En primer plano, un caballero de sombrero y rostro afeitado con las manos atrás de su espalda y mirada atenta al fotógrafo. Está en posición atenta, al aguaite, esperando al tiempo. En el andén, un seguno ocoíno. Alcanzamos a ver que vestía un traje oscuro y sombrero. Pareciera que una tupida barba canosa llena su rostro dirigido al amigo que estaba sobre algún vagón del tren. Al fondo del andén y de la imagen, tres personas de las que solo se advierten sus siluetas. Conversan, sentados ala sombra de los árboles. Por las sombras en el suelo, sin dudas es verano y es de mañana, aunque el amigo de carro viste un severo poncho. La imagen global me sugiere una época con muy poca gente en el valle, con una entrada de fundo espaciosa, con un ritmo de vida calmo y apaciguado.

La segunda imagen inmortaliza el puente de Rabuco en medio de la vegetación del río y del estero. El agua se ve abundante y chocalatada. No hay defensas fluviales ni nada por el estilo, solo el campo abierto y medio salvaje ribereño. Al fondo, a la derecha, una construcción sobresale en el Barrio Alto. Es la única que se advierte y pareciera ser una casa de grandes dimensiones, al menos de varias caídas de agua. El cerro, por su parte, se muestra indómito aún, inocente aún a tanto socavón y tanta plantación ajena que lo ha embargado en las últimas décadas.

Ocoa, el valle, hace al menos cien años. Quizás hace 140. Dos imágenes emocionantes y preciosas que merecieron este lugar especial en la historia del Chile Central, porque el tren escogió sus tierras amables, parejas y, seguramente, poco pobladas que contribuyeron a la materialización de esa gesta de la ingeniería nacional.

En 1877, a poco más de una década de inaugurado el tren, Benjamín Vicuña Mackenna registró en un texto de dos volúmenes sus impresiones y las historias recogidas a lo largo del viaje de Valparaíso a Santiago. La primera referencia que hace sobre Ocoa es al comentar sus impresiones sobre el valle de Pachacamac (nuestra actual Pachacama): “cuando se ha dejado a la izquierda una palma esbelta i solitaria, se entra en dos potreros aislados de la hacienda de Ocoa, notables por su fertilidad. Esta ensenada se llama de Rabuco, i pertenece a los aprecibales agrónomos del valle, señores Montes y Santa María” (p. 24, v. II). Luego señala: “Mientras el convoi se desliza, o más bien, se arrastra mujiente y fatigado por las puntillas del antiguo fundo de Las Siete Misas (¿Rabuco?), el viajero tiene a la vista, a su izquierda, un deleitoso panorama, la vega del río, poblado de blancas garzas y alíjeros queltehues” (p. 29, v. II). Después explica que el origen de la hacienda proviene de la presencia de jesuitas en La Cruz  a fines del 1700, unos setenta años antes de que Mackenna escribiera estas crónicas, cuando los sacerdotes habían decidido tener tierras exclusivamente para crianza de vacuno que les diera “carne, leche, queso i mantequilla: los cueros se botaban” (p. 35, v. II). Pedro de Ovalle fue, por así decirlo, el primer patrón de la estancia.

Continúa: (los jesuitas) elijieron la mejor suerte para viña (…) Esa viña tenía dos cuadras de largo por una i media de ancho, i a fines del pasado siglo contaba con todavía ocho mil plantas frutales (…) Echaron vacas de crianza en el bosque de la hacienda, que se componía de 1460 cuadras, capaces de regadío, i los faldeos del palmar,  capaces en todo de seis mil reses, porque pacían estas en más de seis mil cuadras,: una vaca por cuadra” (p. 35, v. II). Y aún datos más interesantes: “cultivaban los jesuitas de Ocoa, en regular escala, el cáñamo para la jarcia marítima (…) y con el mismo objeto recojian de 600 a 800 fanegas de cocos, racion apetecida de las tripulaciones” (p. 36, v. II).

Describe, posteriormente, la “Ocoa moderna”: “de las cinco hijuelas de Ocoa conservan la herencia los dos apreciables caballeros Don José Rafael Echeverría i don José Manuel Guzmán, antiguos senadores, i en la parte opuesta, don Juan Morandé (…). El señor Morandé posee suntuasas casas, hermosos jardines y algo mejor que todo ésto, una escuela que él mismo costea. La hijuela del centro a orilla de la línea pertenece al señor Guzmán , i en ella ha sido edificada la estación” (p. 39, v. II), lo que aclara, por ejemplo, que ya en esa época se conocía como Ocoa todo el valle y no solo a Vista Hermosa. “La más pintoresca de estas propiedades no está, sin embargo, a la vista. Llámese el cajón de Las Palmas, i se interna hacia el cerro de La Campana, que desde esta localidad se observa con toda su aspereza i majestad en su forma de colosal pirámide de pórfiro. A su pié, en esta quebrada (…) existen ruinas de los trapiches de oro que en siglos ya remotos labraron su nombre” (p. 39, v. II).

Mackenna prosigue su extensa descripción del valle de Ocoa dando cuenta de la diversa producción económica de hace 140 años atrás: mucha leche, trigo, porotos, viñas, pasto aprensado, cordeles, mucha papa, tabaco ¡¡y un fallido intento por producir seda!! en la hijuela de Echeverría (actual Los Maitenes) (p. 43, v. II).

Y por supuesto ofrece palabras para nuestro Apu querido. “El Aconcagua!” exclama para luego señalar: “desde Ocoa puede también admirarse en toda su silenciosa magnitud, el coloso verdadero de Los Andes i de las dos Américas, el orgulloso Aconcagua, al que ya rinden parias el Chimborazo y el Illimani” (p. 47, v. II).

30 minutos demoraba el tren desde La Calera a Ocoa en 1877, apunta entre otras cosas Vucña Mackenna, en una extensa  e interesante crónica del Ocoa de hace 140 años atrás que se puede leer íntegra acá.

Textos:

Vicuña, Mackenna, B. (1877). De Valparaíso a Santiago. Santiago de Chile: Imprenta de la Librería de El Mercurio. Versión digitalizada en Memoria Chilena: http://www.memoriachilena.cl/archivos2/pdfs/MC0003738.pdf

Burgos, G. (2007). Ferrocarril de Valparaíso a Santiago. Santiago de Chile: Librería Editorial Ricaaventura.

TOCHITO LORENZO

quizás alguien conozca de verdad los recovecos oscuros, y también los luminosos, de esta historia. si es así, ese alguien débenos contarlos, porque al menos yo solo he dado con informaciones sueltas, sin mucha sustancia… y con la convicción plena de su poder pagano.

hablo de tochito lorenzo. en qué lugar descansa su cuerpo, ni la más mínima idea. hace cuánto vivió, menos. qué edad tenía al momento de su muerte, imposible saberlo. quizás era un adolescente. sin dudas, no era ni un niño ni alguien de mucha edad. en el campo, en aquel campo de su vida, alguien con problemas cognitivos difícilmente habría vivido por mucho tiempo. contrariamente, sí sabemos dónde murió. ahí está la grutita humilde que nos lo recuerda, bajo el tronco adusto que la cobija.

dicen que su vida fue triste y amarga, como la vida triste y amarga de cualquiera que no nace con sus capacidades mentales según la normalidad que la gente supone, más si es la gente de campo de unos treinta, cuarenta, cincuenca años atrás. una pequeña tragedia humana alimentada por la falta de información, las necesidades del día a día y las maneras particulares de generar integración en ambientes rurales. casos como el de tochito lorenzo han habido muchos y aun hoy los hay.

supongamos un joven con cierto déficit mental, leve, pero evidente para sus padres, para sus amigos, para sus vecinos. en el campo hace 50 años. ¿el tontito? ¿el loco? ¿el raro? ha llegado a la adolescencia y vive su leve particularidad intentando, día a día, no serlo, porque quiere ser como su hermano mayor o quizás como su vecino. pero su intelecto no sirve bien para los trabajos del campo, porque no aprendió a contar hileras ni a calcular la hora en que debe cortar el agua. entonces se le asigna la tarea de ir, cada día, desde el lejano Badén a la comercial Villa Prat con los mandados. ¿habrá bajado en su caballo amigo? las puertas de los almacenes las confunde con las puertas de los bares, los borrachos celebran sus ingenuidades y sus humoradas y le retribuyen el buen rato con vino y pipeño dulce de la época.

tochito lorenzo, ingenuo en su particularidad, se siente al fin integrado. no sé cuántas veces ocurrió, pero luego se hizo habitual que los mandados se convirtieran en franca borrachera. y así, borracho, partía entonces, arriba de su caballo amigo, hacia el distante Badén, acaso bajo un sol furioso de enero, acaso bajo la helada de agosto. el bueno de tochito se volvía así en un problema. recién ahora era un problema…

pensemos que una mañana de rocío y sol tibio, nuestro tochito lorenzo amaneció muerto en una orilla del camino. así, simplemente. el silencio de entonces debe de ser el mismo que se nos impone hoy a nosotros. se nos vuelve tonto siquiera pensar qué habrá pasado, porque de hecho todo le había pasado. había muerto el raro. había muerto el enfermito. ya la alameda de rabuco no volvería a brindar sombra a nuestro lorenzo. ni las cantinas de la villa prat, a refrescar su garganta sin palabras ni carcajadas.

una pequeña animita nos recuerda hoy que ahí su cuerpo cayó al suelo, joven e ingenuo. una vela en su recuerdo se encendió primero, luego vino otra y otra más. infinitas velas noche tras noche, año tras año, década tras década. si uno pasa por ahí de madrugada, la ingenuidad de lorenzo quiebra, débil sebo, la negritud de la noche rabucana. no hay noche que esa luz ingenua no vuelva a brillar.

finalmente, el bueno de lorenzo inspiró a la gente buena a que pensaran en él cuando las cosas se perdieran. solo pide una vela sincera y constante, la luz débil y suficiente que en vida no tuvo. entonces, al invocar su nombre, todo lo perdido aparece: tochito lorenzo en eso no falla. es como si siguiera viviendo para los mandados, es como si volviera a recorrer el camino largo y solitario del badén a la villa prat.

es un bueno este tochito lorenzo, animita de las cosas perdidas. mientras el valle de ocoa tenga noches, él tendrá sus velas. y hará que las cosas aparezcan, porque haciendo esos mandados quizás algo de feliz alcanzó a ser en vida.