TOCHITO LORENZO

quizás alguien conozca de verdad los recovecos oscuros, y también los luminosos, de esta historia. si es así, ese alguien débenos contarlos, porque al menos yo solo he dado con informaciones sueltas, sin mucha sustancia… y con la convicción plena de su poder pagano.

hablo de tochito lorenzo. en qué lugar descansa su cuerpo, ni la más mínima idea. hace cuánto vivió, menos. qué edad tenía al momento de su muerte, imposible saberlo. quizás era un adolescente. sin dudas, no era ni un niño ni alguien de mucha edad. en el campo, en aquel campo de su vida, alguien con problemas cognitivos difícilmente habría vivido por mucho tiempo. contrariamente, sí sabemos dónde murió. ahí está la grutita humilde que nos lo recuerda, bajo el tronco adusto que la cobija.

dicen que su vida fue triste y amarga, como la vida triste y amarga de cualquiera que no nace con sus capacidades mentales según la normalidad que la gente supone, más si es la gente de campo de unos treinta, cuarenta, cincuenca años atrás. una pequeña tragedia humana alimentada por la falta de información, las necesidades del día a día y las maneras particulares de generar integración en ambientes rurales. casos como el de tochito lorenzo han habido muchos y aun hoy los hay.

supongamos un joven con cierto déficit mental, leve, pero evidente para sus padres, para sus amigos, para sus vecinos. en el campo hace 50 años. ¿el tontito? ¿el loco? ¿el raro? ha llegado a la adolescencia y vive su leve particularidad intentando, día a día, no serlo, porque quiere ser como su hermano mayor o quizás como su vecino. pero su intelecto no sirve bien para los trabajos del campo, porque no aprendió a contar hileras ni a calcular la hora en que debe cortar el agua. entonces se le asigna la tarea de ir, cada día, desde el lejano Badén a la comercial Villa Prat con los mandados. ¿habrá bajado en su caballo amigo? las puertas de los almacenes las confunde con las puertas de los bares, los borrachos celebran sus ingenuidades y sus humoradas y le retribuyen el buen rato con vino y pipeño dulce de la época.

tochito lorenzo, ingenuo en su particularidad, se siente al fin integrado. no sé cuántas veces ocurrió, pero luego se hizo habitual que los mandados se convirtieran en franca borrachera. y así, borracho, partía entonces, arriba de su caballo amigo, hacia el distante Badén, acaso bajo un sol furioso de enero, acaso bajo la helada de agosto. el bueno de tochito se volvía así en un problema. recién ahora era un problema…

pensemos que una mañana de rocío y sol tibio, nuestro tochito lorenzo amaneció muerto en una orilla del camino. así, simplemente. el silencio de entonces debe de ser el mismo que se nos impone hoy a nosotros. se nos vuelve tonto siquiera pensar qué habrá pasado, porque de hecho todo le había pasado. había muerto el raro. había muerto el enfermito. ya la alameda de rabuco no volvería a brindar sombra a nuestro lorenzo. ni las cantinas de la villa prat, a refrescar su garganta sin palabras ni carcajadas.

una pequeña animita nos recuerda hoy que ahí su cuerpo cayó al suelo, joven e ingenuo. una vela en su recuerdo se encendió primero, luego vino otra y otra más. infinitas velas noche tras noche, año tras año, década tras década. si uno pasa por ahí de madrugada, la ingenuidad de lorenzo quiebra, débil sebo, la negritud de la noche rabucana. no hay noche que esa luz ingenua no vuelva a brillar.

finalmente, el bueno de lorenzo inspiró a la gente buena a que pensaran en él cuando las cosas se perdieran. solo pide una vela sincera y constante, la luz débil y suficiente que en vida no tuvo. entonces, al invocar su nombre, todo lo perdido aparece: tochito lorenzo en eso no falla. es como si siguiera viviendo para los mandados, es como si volviera a recorrer el camino largo y solitario del badén a la villa prat.

es un bueno este tochito lorenzo, animita de las cosas perdidas. mientras el valle de ocoa tenga noches, él tendrá sus velas. y hará que las cosas aparezcan, porque haciendo esos mandados quizás algo de feliz alcanzó a ser en vida.

REINALDITO

Siempre nos cruzábamos en los caminos de Ocoa. Creo que nunca conversamos, pero siempre hubo un saludo amistoso a la distancia, al encontrarnos en direcciones opuestas en la arboleda o en la Villa Prat o en el Barrio Alto de Rabuco. Una sonrisa y una levantada de mano. Un amigo en el camino.

Hace cinco años lo mataron. Fue un asesinato cruel, frío, despiadado. La naturaleza humana traicionó el control, la mesura, la paz del colega asesino y movido por la envidia y los celos laborales lo dejó agonizando con un balazo en el pecho, tirado ahí, al lado de la quebrada, camino al espinal.


Entonces los caminos quedaron vacíos. Nunca más la sonrisa amistosa. Nunca más la levantada de mano. El compañero del camino había sido sacado de la ruta por la bala rabiosa y voraz del desgraciado asesino.


Desde entonces suelo visitar su animita, allá, camino al espinal, justo antes del cruce de la quebrá. No está su camión tres cuarto en las calles de Ocoa, pero voy a conversarle para que siga siendo la vieja compañía rutera de siempre. Para que mientras voy por las carreteras y por los pasajes siga cruzándose conmigo y con su sonrisa y levantada de mano vuelva alegre mi manejada.


Cuando manejo por las calles de Ocoa, Reinaldito me acompaña y asegura que mis viajes sean amenos, llenos de música, de viento en la cara, de conversas piolas y de vistas hermosas. Cómo no llevarle su velita. Como no ir a conversarle cualquier cosa de vez en cuando. Reinaldito, una más de las presencias ocoínas, es mi ángel en los caminos.