Ahí está. Ahí estuvo. Ahí estaba cada mañana cuando el / la Ratia abría sus puertas automáticas con una tecnología que me sorprendía ingenuo. Nos subíamos en uno de los andenes de cemento y partíamos entonces hacia la costa, por en medio de las moras y de las ciudades. El inicio de los grandes viajes de infancia, con bolsos de playa y pollo cocido, fue siempre en la vieja desaparecida estación.
Ahí estuvo. Debe de haber sido de las más hermosas y rústicas estaciones de todo el trayecto Santiago – Valparaíso. ¿Cuál otra estación tenía una vista tan completa y privilegiada del señero Río Aconcagua? Era un beso, un saludo de encuentro de dos caminos rumbo al Pacífico.
Ahí estuvo. Humilde, pequeña, siempre digna. Ya no hay andenes ni trenes ni gente bajo tu parada. Quizás solo los fantasmas, cuántos cada noche, deambulando con sus ansias de viajero, con sus oídos esperando la seña, con sus gritos sordos al enfrentar la muerte. Cuántos viajeros a la otra vida ensangrentaron sus rieles. Nada de eso queda, solo las fantasmales presencias. Ni la luz, ni el cemento, ni el gentío han persistido en el tiempo.
Ahí está. Queda la plaza. Queda La Champa con su calle larga y su vida bohemia. Queda la gente que sale de misa, la que llega temprano a la posta, la que se amanece en los bares. La vida ha seguido más allá de la breve plaza que la introducía, cuando existía aún una estación, un tren, un viaje.
Ahora la modernidad del pueblo ha llegado por otros caminos, por otras vías, por otros viajes. Ya no hay un pito, ni una Ratia, ni un andén de cemento. Ya no son necesarios. El camino está pavimentado, la micro pasa cada 10 minutos, la carretera es una autopista. La estación inútil e inutilizada se volvió invisible, se borró del mapa, se desapareció su presencia. La Villa Prat entera miró hacia otro lado. Refugio actual de abandonados. Ayer no más fuiste la luz de día del poblado, ahora te cubre la noche larga de la inmemoria. Incluso en Ocoa el tiempo pasa inexorable y feroz.








