VIEJA ESTACIÓN DE VILLA PRAT

Ahí está. Ahí estuvo. Ahí estaba cada mañana cuando el / la Ratia abría sus puertas automáticas con una tecnología que me sorprendía ingenuo. Nos subíamos en uno de los andenes de cemento y partíamos entonces hacia la costa, por en medio de las moras y de las ciudades. El inicio de los grandes viajes de infancia, con bolsos de playa y pollo cocido, fue siempre en la vieja desaparecida estación.

Estación Villa Prat 01

Ahí estuvo. Debe de haber sido de las más hermosas y rústicas estaciones de todo el trayecto Santiago – Valparaíso. ¿Cuál otra estación tenía una vista tan completa y privilegiada del señero Río Aconcagua? Era un beso, un saludo de encuentro de dos caminos rumbo al Pacífico.

Estación Villa Prat 02

Ahí estuvo. Humilde, pequeña, siempre digna. Ya no hay andenes ni trenes ni gente bajo tu parada. Quizás solo los fantasmas, cuántos cada noche, deambulando con sus ansias de viajero, con sus oídos esperando la seña, con sus gritos sordos al enfrentar la muerte. Cuántos viajeros a la otra vida ensangrentaron sus rieles. Nada de eso queda, solo las fantasmales presencias. Ni la luz, ni el cemento, ni el gentío han persistido en el tiempo.

Estación Villa Prat 03

Estación Villa Prat 04

Ahí está. Queda la plaza. Queda La Champa con su calle larga y su vida bohemia. Queda la gente que sale de misa, la que llega temprano a la posta, la que se amanece en los bares. La vida ha seguido más allá de la breve plaza que la introducía, cuando existía aún una estación, un tren, un viaje.


Estación Villa Prat 06

Ahora la modernidad del pueblo ha llegado por otros caminos, por otras vías, por otros viajes. Ya no hay un pito, ni una Ratia, ni un andén de cemento. Ya no son necesarios. El camino está pavimentado, la micro pasa cada 10 minutos, la carretera es una autopista. La estación inútil e inutilizada se volvió invisible, se borró del mapa, se desapareció su presencia. La Villa Prat entera miró hacia otro lado. Refugio actual de abandonados. Ayer no más fuiste la luz de día del poblado, ahora te cubre la noche larga de la inmemoria. Incluso en Ocoa el tiempo pasa inexorable y feroz.

 

Estación de Villa Prat 07


AHÍ VIENE EL TREN


Ya solo pasa él. Unas cuatro veces al día, para allá, para acá, para allá, para acá. Solo él.
Hubo un tiempo que estaba “la Ratia”, esa suerte de tren carretero que venía desde Llay Llay a las 7 de la mañana parando en toda y cada una de las estaciones y que era conducido por un señor de tal apellido. En la tarde se regresa desde el puerto. O el expreso, misterioso y grave, que pasaba en algún horario secreto lleno de gente desconocida desde Los Andes o hacia Los Andes. Para mí, siempre iba vacío, como un tren fantasma que en nuestras estaciones no paraba. Y antes, sin que yo jamás lo viera, el mítico tren a Santiago, valiente e intrépido porque cruzaba las cuestas hacia la capital.
La Ratia era nuestro preferido. Paraba en la estación oficial, la de “Ocoa”, y paraba en Villa Prat. Justo antes de la estación, mirando hacia el Aconcagua, hay una curva que no permite ver si el tren viene o no. Lo primero, entonces, era el silbido lejano del tren cruzando Los Maitenes y luego aparecía, juvenil como era, alegre, lleno de gente y de bolsos y de olores, porque toda la gente se iba a la playa. Siempre que lo vi fue verano, fue madrugada, fue viaje al mar.
Ahora solo queda este tren. Es un poco como aquellos abuelos llenos de energía, bailarines y brincadores, pero abuelos al fin y al cabo. A veces nos sorprende con su bramido gutural y su larga cola de tambores con cobre. A veces bromea y se detiene, simplemente, ahí, en medio del paso de la vía, sin que nadie ni nada le importe. Tiene su genio y tiene sus años, por eso lo queremos y lo sentimos parte nuestra.