Los ocoínos le llaman “la alameda de Rabuco”, a pesar de que no está hecha de álamos, sino de plátanos orientales. Es, junto a la medialuna, el orgullo de todo el ex fundo Rabuco, por su extensión (más de cuatro kilómetros) y por su belleza. Es, sin dudas, la columna verde de la tierra de Independiente.
En noviembre se ve verde y frondosa, aunque las fogatas locales a veces queman más de algún tronco. Algunos tratan de instalar una campaña de cierta concientización estético-ecológica para que la gente no queme las hojas secas ni bote basuras, pero sospecho que para más de algún campesino de parcela aledaña todo esa conciencia no le vale de mucho: la sombra le impide sembrar con normalidad en un buen radio en torno a la arboleda, y el cuidado exagerado de ciertos espacios dentro de Ocoa, en desmedro de otros, más bien responde al hecho de que ahora somos muy visitados por los santiaguinos ABC1 que llegan hasta el resort ecologista “Oasis de La Campana”, y claro, a veces los de extranja creen hablar más con Pachamama que los mismos campesinos.
La arboleda es, así, un símbolo que vehiculiza ciertas contradicciones y tensiones dentro de las visiones ocoínas actuales: modernidad algo invasiva, de éticas concientes pero ajenas, versus inmovilismo reaccionario de estéticas de lo tradicional propio muy conservadoras y poco representativas.
Pero ahí está la bella arboleda, apacible a las 3 de la tarde, verde, sombría, eternamente fresca y amable, indiferente aún a las especulaciones estratégicas. Ya se viene el verano y de seguro nos cobijará alegre y dichosa cuando con los amigos de Rabuco nos vayamos, a esta misma hora, a tomar una cerveza y a escuchar sus buenas cumbias y sus buenos bob marley, acompañados, por supuesto, de sus buenos guate. Siempre verde… ¡así te queremos!
