DOS POSTALES DE HACE MÁS DE UN SIGLO

El 14 de septiembre de 1863, hace 147 años, el primer tren de la historia cruzó el Valle de Ocoa desde Valparaíso hacia Llay Llay. Debe de haber sido pasado las 11 y media de la mañana, pues las crónicas de la historia indican que a las 12 y media se “encontró” con otro tren que venía desde Santiago en la ciudad de los vientos, donde un gran banquete dio por inaugurada la gran vía férrea que unía la capital con la ciudad puerto. Era la segunda línea férrea inaugurada en el país.

La construcción global había resultado ser un proyecto gigante y costoso para el Estado chileno y los empresarios extranjeros, como Enrique Meiggs, que participaron con inversión e ingeniería. El valle de Ocoa, sin embargo, les debe haber significado un deleite en medio de tanto sacrificio: los esperaba una explanada amable en torno al río, con lo que los rieles se extienden casi en línea recta ¡y con una espectacular vista del Apu Aconcagua como broche de oro!

Guillermo Burgos organiza y publica, el 2007, una serie de fotografías sobre el antiguo ferrocarril entre Valparaíso y Santiago. El texto se llama Ferrocarril de Valparaíso a Santiago y Ramal a Los Andes. Lamentablemente, no se entrega, quizás no se tenga la información exacta de cuándo son esas imágenes, pero datan de algún momento precioso entre ese año clave para el desarrollo del Chile Central, 1863, y 1920, año en que se electrifica las operaciones del ferrocarril, asunto que al momento de obtener estas fotografías evidentemente aún no ocurre (lo que se observa un costado de la línea es el cableado de telegrafía de la época).

Ahí vienen dos imágenes impactantes tomadas en el Valle de Ocoa. La principal: la Estación del valle (de ahí el nombre genérico de Estación de Ocoa), en Vista Hermosa. La otra, una panorámica del puente sobre el Estero Rabuco, obra ingenieril del trayecto.

La imagen de la gloriosa estación es impactante. El adobe y el ladrillo conformaban el límite oriente de la estación, que aún no se extendía todo lo que con el tiempo llegó a extenderse hacia el poniente ni aún contaba con el edificio portentoso con el que llegó a contar. Una reja de palos indicaba el ingreso al Fundo Vista Hermosa. Al menos cinco viejos ocoínos aparecen inmortalizados anónimamente en la fotografía. En primer plano, un caballero de sombrero y rostro afeitado con las manos atrás de su espalda y mirada atenta al fotógrafo. Está en posición atenta, al aguaite, esperando al tiempo. En el andén, un seguno ocoíno. Alcanzamos a ver que vestía un traje oscuro y sombrero. Pareciera que una tupida barba canosa llena su rostro dirigido al amigo que estaba sobre algún vagón del tren. Al fondo del andén y de la imagen, tres personas de las que solo se advierten sus siluetas. Conversan, sentados ala sombra de los árboles. Por las sombras en el suelo, sin dudas es verano y es de mañana, aunque el amigo de carro viste un severo poncho. La imagen global me sugiere una época con muy poca gente en el valle, con una entrada de fundo espaciosa, con un ritmo de vida calmo y apaciguado.

La segunda imagen inmortaliza el puente de Rabuco en medio de la vegetación del río y del estero. El agua se ve abundante y chocalatada. No hay defensas fluviales ni nada por el estilo, solo el campo abierto y medio salvaje ribereño. Al fondo, a la derecha, una construcción sobresale en el Barrio Alto. Es la única que se advierte y pareciera ser una casa de grandes dimensiones, al menos de varias caídas de agua. El cerro, por su parte, se muestra indómito aún, inocente aún a tanto socavón y tanta plantación ajena que lo ha embargado en las últimas décadas.

Ocoa, el valle, hace al menos cien años. Quizás hace 140. Dos imágenes emocionantes y preciosas que merecieron este lugar especial en la historia del Chile Central, porque el tren escogió sus tierras amables, parejas y, seguramente, poco pobladas que contribuyeron a la materialización de esa gesta de la ingeniería nacional.

En 1877, a poco más de una década de inaugurado el tren, Benjamín Vicuña Mackenna registró en un texto de dos volúmenes sus impresiones y las historias recogidas a lo largo del viaje de Valparaíso a Santiago. La primera referencia que hace sobre Ocoa es al comentar sus impresiones sobre el valle de Pachacamac (nuestra actual Pachacama): “cuando se ha dejado a la izquierda una palma esbelta i solitaria, se entra en dos potreros aislados de la hacienda de Ocoa, notables por su fertilidad. Esta ensenada se llama de Rabuco, i pertenece a los aprecibales agrónomos del valle, señores Montes y Santa María” (p. 24, v. II). Luego señala: “Mientras el convoi se desliza, o más bien, se arrastra mujiente y fatigado por las puntillas del antiguo fundo de Las Siete Misas (¿Rabuco?), el viajero tiene a la vista, a su izquierda, un deleitoso panorama, la vega del río, poblado de blancas garzas y alíjeros queltehues” (p. 29, v. II). Después explica que el origen de la hacienda proviene de la presencia de jesuitas en La Cruz  a fines del 1700, unos setenta años antes de que Mackenna escribiera estas crónicas, cuando los sacerdotes habían decidido tener tierras exclusivamente para crianza de vacuno que les diera “carne, leche, queso i mantequilla: los cueros se botaban” (p. 35, v. II). Pedro de Ovalle fue, por así decirlo, el primer patrón de la estancia.

Continúa: (los jesuitas) elijieron la mejor suerte para viña (…) Esa viña tenía dos cuadras de largo por una i media de ancho, i a fines del pasado siglo contaba con todavía ocho mil plantas frutales (…) Echaron vacas de crianza en el bosque de la hacienda, que se componía de 1460 cuadras, capaces de regadío, i los faldeos del palmar,  capaces en todo de seis mil reses, porque pacían estas en más de seis mil cuadras,: una vaca por cuadra” (p. 35, v. II). Y aún datos más interesantes: “cultivaban los jesuitas de Ocoa, en regular escala, el cáñamo para la jarcia marítima (…) y con el mismo objeto recojian de 600 a 800 fanegas de cocos, racion apetecida de las tripulaciones” (p. 36, v. II).

Describe, posteriormente, la “Ocoa moderna”: “de las cinco hijuelas de Ocoa conservan la herencia los dos apreciables caballeros Don José Rafael Echeverría i don José Manuel Guzmán, antiguos senadores, i en la parte opuesta, don Juan Morandé (…). El señor Morandé posee suntuasas casas, hermosos jardines y algo mejor que todo ésto, una escuela que él mismo costea. La hijuela del centro a orilla de la línea pertenece al señor Guzmán , i en ella ha sido edificada la estación” (p. 39, v. II), lo que aclara, por ejemplo, que ya en esa época se conocía como Ocoa todo el valle y no solo a Vista Hermosa. “La más pintoresca de estas propiedades no está, sin embargo, a la vista. Llámese el cajón de Las Palmas, i se interna hacia el cerro de La Campana, que desde esta localidad se observa con toda su aspereza i majestad en su forma de colosal pirámide de pórfiro. A su pié, en esta quebrada (…) existen ruinas de los trapiches de oro que en siglos ya remotos labraron su nombre” (p. 39, v. II).

Mackenna prosigue su extensa descripción del valle de Ocoa dando cuenta de la diversa producción económica de hace 140 años atrás: mucha leche, trigo, porotos, viñas, pasto aprensado, cordeles, mucha papa, tabaco ¡¡y un fallido intento por producir seda!! en la hijuela de Echeverría (actual Los Maitenes) (p. 43, v. II).

Y por supuesto ofrece palabras para nuestro Apu querido. “El Aconcagua!” exclama para luego señalar: “desde Ocoa puede también admirarse en toda su silenciosa magnitud, el coloso verdadero de Los Andes i de las dos Américas, el orgulloso Aconcagua, al que ya rinden parias el Chimborazo y el Illimani” (p. 47, v. II).

30 minutos demoraba el tren desde La Calera a Ocoa en 1877, apunta entre otras cosas Vucña Mackenna, en una extensa  e interesante crónica del Ocoa de hace 140 años atrás que se puede leer íntegra acá.

Textos:

Vicuña, Mackenna, B. (1877). De Valparaíso a Santiago. Santiago de Chile: Imprenta de la Librería de El Mercurio. Versión digitalizada en Memoria Chilena: http://www.memoriachilena.cl/archivos2/pdfs/MC0003738.pdf

Burgos, G. (2007). Ferrocarril de Valparaíso a Santiago. Santiago de Chile: Librería Editorial Ricaaventura.

VIEJA ESTACIÓN DE VILLA PRAT

Ahí está. Ahí estuvo. Ahí estaba cada mañana cuando el / la Ratia abría sus puertas automáticas con una tecnología que me sorprendía ingenuo. Nos subíamos en uno de los andenes de cemento y partíamos entonces hacia la costa, por en medio de las moras y de las ciudades. El inicio de los grandes viajes de infancia, con bolsos de playa y pollo cocido, fue siempre en la vieja desaparecida estación.

Estación Villa Prat 01

Ahí estuvo. Debe de haber sido de las más hermosas y rústicas estaciones de todo el trayecto Santiago – Valparaíso. ¿Cuál otra estación tenía una vista tan completa y privilegiada del señero Río Aconcagua? Era un beso, un saludo de encuentro de dos caminos rumbo al Pacífico.

Estación Villa Prat 02

Ahí estuvo. Humilde, pequeña, siempre digna. Ya no hay andenes ni trenes ni gente bajo tu parada. Quizás solo los fantasmas, cuántos cada noche, deambulando con sus ansias de viajero, con sus oídos esperando la seña, con sus gritos sordos al enfrentar la muerte. Cuántos viajeros a la otra vida ensangrentaron sus rieles. Nada de eso queda, solo las fantasmales presencias. Ni la luz, ni el cemento, ni el gentío han persistido en el tiempo.

Estación Villa Prat 03

Estación Villa Prat 04

Ahí está. Queda la plaza. Queda La Champa con su calle larga y su vida bohemia. Queda la gente que sale de misa, la que llega temprano a la posta, la que se amanece en los bares. La vida ha seguido más allá de la breve plaza que la introducía, cuando existía aún una estación, un tren, un viaje.


Estación Villa Prat 06

Ahora la modernidad del pueblo ha llegado por otros caminos, por otras vías, por otros viajes. Ya no hay un pito, ni una Ratia, ni un andén de cemento. Ya no son necesarios. El camino está pavimentado, la micro pasa cada 10 minutos, la carretera es una autopista. La estación inútil e inutilizada se volvió invisible, se borró del mapa, se desapareció su presencia. La Villa Prat entera miró hacia otro lado. Refugio actual de abandonados. Ayer no más fuiste la luz de día del poblado, ahora te cubre la noche larga de la inmemoria. Incluso en Ocoa el tiempo pasa inexorable y feroz.

 

Estación de Villa Prat 07


AHÍ VIENE EL TREN


Ya solo pasa él. Unas cuatro veces al día, para allá, para acá, para allá, para acá. Solo él.
Hubo un tiempo que estaba “la Ratia”, esa suerte de tren carretero que venía desde Llay Llay a las 7 de la mañana parando en toda y cada una de las estaciones y que era conducido por un señor de tal apellido. En la tarde se regresa desde el puerto. O el expreso, misterioso y grave, que pasaba en algún horario secreto lleno de gente desconocida desde Los Andes o hacia Los Andes. Para mí, siempre iba vacío, como un tren fantasma que en nuestras estaciones no paraba. Y antes, sin que yo jamás lo viera, el mítico tren a Santiago, valiente e intrépido porque cruzaba las cuestas hacia la capital.
La Ratia era nuestro preferido. Paraba en la estación oficial, la de “Ocoa”, y paraba en Villa Prat. Justo antes de la estación, mirando hacia el Aconcagua, hay una curva que no permite ver si el tren viene o no. Lo primero, entonces, era el silbido lejano del tren cruzando Los Maitenes y luego aparecía, juvenil como era, alegre, lleno de gente y de bolsos y de olores, porque toda la gente se iba a la playa. Siempre que lo vi fue verano, fue madrugada, fue viaje al mar.
Ahora solo queda este tren. Es un poco como aquellos abuelos llenos de energía, bailarines y brincadores, pero abuelos al fin y al cabo. A veces nos sorprende con su bramido gutural y su larga cola de tambores con cobre. A veces bromea y se detiene, simplemente, ahí, en medio del paso de la vía, sin que nadie ni nada le importe. Tiene su genio y tiene sus años, por eso lo queremos y lo sentimos parte nuestra.